Anton Ego, o los críticos de vinos

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En muchos sentidos el trabajo de un crítico es fácil: Nos jugamos muy poco, pero ejercemos una posición predominante sobre gente que ofrece a nuestro juicio, su trabajo y a ellos mismos. Nos nutrimos de críticas negativas, que son amenas de escribir y leer. Pero la verdad amarga a la que debemos enfrentarnos los críticos es que, en el gran orden universal de las cosas, la mayoría de porquerías son probablemente más valiosas que las críticas en las que decidimos que lo sean.
Pero hay momentos en los que un crítico sí se juega algo, y descubrimos y defendemos lo nuevo.
El mundo a menudo es cruel con los nuevos talentos y las nuevas creaciones: A lo nuevo, le hacen falta defensores. (…) Anton Ego, Ratatouille.
Esta introducción está extraída del final de la película Ratatouille (2007, Pixar), donde el temido crítico gastronómico Anton Ego (de nombre muy adecuado para la tarea que ejecuta) hace una reflexión final sobre su trabajo.
Y es cierto, y más desde la llegada de Internet a nuestros hogares, que todo el mundo, puede escribir y publicar lo que le parece, en diarios electrónicos, blogs, webs, etc.
La gran mayoría de las veces son gente con nula o poca formación sobre el tema que opinan, y sentencian. Algunos escriben de forma correcta, a veces bonita, y no se sabe exactamente cómo (al menos, yo), se han posicionado en los medios de comunicación (prensa, radio, televisión) y son considerados como referentes y como prescriptores.
A menudo, las opiniones de estos «críticos» pueden obedecer simplemente a intereses comerciales o económicos; tienen una distribuidora de vinos y solo hablan bien de sus mejores clientes, y si un restaurante no les compra vino, dicen directamente de la cocina de ese establecimiento que «la comida es una basura, infame y para papanatas”. Otros «críticos» simplemente, están en nómina de algún restaurador, y cobran por hacer críticas positivas de los establecimientos que visitan.
Y de otros pobrecitos, como revancha infantil, si las bodegas no les invitan a comer, o no les envían cajas de botellas para que prueben sus vinos, o no les comunican las novedades primero a ellos, evitan hablar de la bodega y de su trabajo, y aprovechan para criticarlos, puerilmente.
Ego, mucho ego. Como el Anton.
Algunos, únicamente se nutren de la amistad que puedan tener con algún sumiller o enólogo, y simplemente repiten la información que escuchan, como un tonto bobo, y dictaminando como propias, opiniones de cosecha ajena, que pueden obedecer, evidentemente, a determinados intereses. En fin…
Cuando estaba estudiando sumillería, uno de los profesores un día nos dijo : «Chicos, tened en cuenta una cosa: las opiniones, son como los: todos tenemos una«. En ese momento me pareció una grosería, fuera de lugar. Pero tenía razón.
Viva el vino, sin embargo.
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